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NOS VA LA VIDA

Artículo de Ventura Durall productor de Nanouk Films, publicado en el Infoproa del lunes 02 de marzo de 2020.

Hace siete meses escribía un artículo titulado La triste y lenta muerte del documental catalán después de una reunión con los responsables de documental de TV3.

La semana pasada tuvimos la primera reunión desde entonces.

La reunión, diríamos, fue bien. Nos comunicaron que habían podido resolver todos los temas que llevábamos pidiendo desde la fundación de Prodocs, ahora hace ocho años, temas que tienen que ver con la inversión del productor, el tipo de contrato, la cesión de archivo y adaptar los criterios de modificación del presupuesto con el ICEC. Les agradecemos la empatía y la capacidad para poder efectuar estos cambios, instrumentos necesarios para afrontar el reto de producir documentales en Cataluña.

Una semana más tarde, recibíamos los resultados de la comisión de documentales de TV3, la primera que se resolvía en un año: 210.000 euros repartidos en doce proyectos (el año pasado se aprobaron documentales por valor de 165.000 euros, casi una décima parte de lo que se invirtió el 2011).

La realidad volvía a hacerse amargamente nítida y elocuente. Una espiral negativa de difícil solución: cada vez menos dotación, lo que conlleva documentales cada vez más locales y menos ambiciosos, lo que genera cada vez menos interés por el documental.

El resultado de todo es una banalización del propio documental que, poco a poco, queda reducido a biografías, conmemoración de hechos y actualidad informativa con formas propias del reportaje.

Quizás ha llegado el momento de plantearse, como país y como individuos, cuál es el propósito de hacer documentales.

El documental es un campo muy vasto donde se encuentran la memoria propia y colectiva, personajes fascinantes, la reflexión crítica y todo tipo de inquietudes humanas que pueden tomar concreciones estéticas muy ricas y variadas. Nos permite conectar lo que es local con lo que es universal, reconocernos en otras personas, en otras sociedades, en otras culturas.

En Cataluña tenemos un tesoro, que son dos ventanas  semanales de documental en la televisión pública, unas 80 emisiones durante el año, como mínimo. Pero paradójicamente este tesoro, si no viene acompañado de una dotación coherente, es en estos momentos es nuestra propia trampa, la inversión del propósito.

Por qué, ¿cómo llenarlas con una dotación de 200.000 euros anuales? Sus responsables tienen que hacer milagros para conseguirlo y la única  solución parece pasar por dar muy poca dotación al máximo de documentales posible y llenar los agujeros restantes con producciones asociadas hechas en tiempos récord. El objetivo ya no es crear las condiciones para hacer los mejores documentales posibles, sino cómo hacer para llenar las ventanas existentes. Esta lógica perversa solo puede llevar a una zona muerta.

Las consecuencias de todo ya están aquí: la crítica cinematográfica y los creadores han dejado de interesarse por el documental, mientras que a las mesas de los productores apenas llegan propuestas interesantes (¿quién está dispuesto a trabajar de forma casi gratuita para hacer obras que tendrán un impacto limitado?).

La gente empieza a no encontrar sentido a hacer documentales.

Siempre quedarán los márgenes, los proyectos personales hechos con pasión, talento y sin medios. Y, también marginalmente, TVE (que se limita, prácticamente, a biografías de personajes españoles) y Movistar (con dotaciones simbólicas para los documentales). Solo las plataformas parecen una salida a este callejón sin salida, pero una salida reservada solo a unos pocos privilegiados.

Por eso la solución la tenemos que encontrar en casa.

TV3 tiene una responsabilidad importante en esto, y la tiene porque el Parlamento dice que tiene que ser el motor de la industria audiovisual del país.

La tiene, también, porque es (casi) el único impulso posible para que temas y talento de aquí puedan encontrar resonancia más allá de nuestras fronteras, articulando producciones ambiciosas con televisiones de todo el mundo.

Pero la tiene, sobre todo, porque es la ventana que da visibilidad al documental en casa nuestra, pero una visibilidad que solo toma sentido si el documental se puede expresar con todo su potencial y riqueza.

Podemos cambiar los instrumentos pero si no creamos un ecosistema mínimamente viable con un marco de estabilidad económica, dotaciones mínimamente dignas y regularidad en las comisiones,  y si no invertimos el propósito de por qué hacemos documentales, el futuro pinta tan negro o más que hace siete meses.

Desde Prodocs tenemos que generar este cambio. Nos va la vida.

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